A pesar de que pueda parecer sorprendente, encontrar un sitio para comer en París, no fue tarea fácil. Al menos uno que llamara lo suficiente mi atención.

Evidentemente la escasez de oferta no es el problema. En una ciudad como París, el que no encuentre algo, probablemente sea porque no lo ha buscado bien. Y os aseguro que busqué. En la labor de ‘investigación’ (sin mover mi culo del sofá) previa al viaje saqué varias conclusiones:

01. La gran mayoría de los sitios que Google pone a tu disposición se dividen en: alta cocina, restaurantes tradicionales de cocina francesa y sitios de moda.

02. En la oferta de los restaurantes de alta cocina (estrellas y demás) encontré que ésta no se diferenciaba mucho de propuestas culinarias más próximas. A excepción de una cosa: tenían una carta más corta y un precio mucho más alto.

03. Los restaurantes de cocina tradicional francesa, ‘brasseries’ y demás, están bien. Casi siempre gozan de buena entrada, decoración muy recargada y con cierto aire añejo, proyectándote varios años atrás en el tiempo. Todo correcto, pero nada sorprendente.

04. Y los sitios de moda son los establecimientos guays frecuentados por aspirantes a instagramers que creen que fotografiar semillas de chía las va a catapultar a facturar lo mismo que las Kardashian. Ya sabéis del tipo de sitio que os hablo, fachada con colores llamativos, vegetación ‘eco’ para darle un toque ‘green’, mucha madera dentro y aguacates.

*Nota. Entiéndase que el hecho de que yo no fuera capaz de encontrar un restaurante de mi agrado es una opinión puramente personal, que nada tiene que ver con la ciudad de París (que evidentemente tiene mucho que ofrecer), y que me he adornado un poco (bastante) a la hora de redactarlo. Soy consciente de ello, todos somos adultos, sigamos.

La cosa no pintaba bien, hasta que descubrí el siguiente sitio:

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Había encontrado un lugar que llamara mi atención y ese lugar era: Auberge Nicolas Flamel.

El restaurante se encuentra en el barrio de Le Marais, que es un lugar muy chulo por el que dar un paseo. El lugar cuenta con una serie de características algo peculiares que descubriréis a continuación. Principalmente, destaca porque (al menos de acuerdo a su propia web) se sitúa en el interior de una posada medieval, fechada en 1407, de la que conserva antiguas vigas, la escalera esculpida y la fachada gótica. Se la considera (de nuevo, de acuerdo a su web) la posada más antigua de París y está dedicada al alquimista Nicolas Flamel (del que os hablaré en un rato).

El restaurante tiene una estrella y las riendas las lleva Gregory Garimbay que, entre otros, estuvo trabajando en el grupo Ducasse. El restaurante funciona principalmente a base de menús degustación cuyo precio varía en función del número de pases. El interior es discreto, con una decoración sobria, y donde destaca la cocina a la vista de los comensales.

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Aun siendo consciente de que la introducción se está alargando un poco (y aquí hemos venido a hablar de comida) quiero hacer una última pausa para detenerme brevemente en el hombre que da nombre al restaurante: Nicolas Flamel. Este hombre fue un burgués parisino del siglo XIV, que ejerció como escribano público y copista (el riesgo no era lo suyo) hasta que cayó en sus manos un libro de alquimia (que por lo que sea, es una disciplina que se está perdiendo). Por ello, supongo que no resultará sorprendente si afirmo que fue más conocido por su afición a la alquimia que por sus aptitudes como escribano. Dado que la alquimia goza de la misma evidencia científica que la homeopatía (spoiler: ninguna) su vida está llena de pasajes que oscilan entre el mito y la realidad. Desde convertir metales pesados en oro (lo que parece poco probable) hasta crear una piedra que le otorgara la vida eterna (y que por lo visto ha heredado Jordi Hurtado). Sea como fuere, es un personaje que ha adquirido el suficiente renombre como para que sea referenciado en varias obras de ficción como Harry Potter, El Código Da Vinci, El péndulo de Foucalt y hasta en el ánime Fullmetal Alchemist. Si esto no es variedad, vosotros diréis.

Si habéis aguantado hasta aquí, os veréis recompensados porque ahora empieza lo bueno. Al lío. Comenzamos con los entrantes:

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Los entrantes son tres. En primer lugar, un pequeño buñuelo similar a una arepa chiquitita rellena de vientre de ave. En segundo lugar, una crema elaborada a base de tuétano que lleva escamas de carne madurada por encima. Y, en tercer lugar, navajas, con pistacho, una combinación rica y fresquita. Todos los entrantes estaban ricos, y te generan una cierta expectación por conocer los siguientes pases. Son pequeños bocados, que no llenan en exceso y suman de forma positiva al conjunto del menú.

Mientras se acerca el primer plato principal, el camarero se acerca para ofrecerte distintos tipos de pan y una mantequilla casera:

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No soy muy fan de la mantequilla. Su sabor no me entusiasma, me parece innecesariamente grasa para el sabor que aporta y no tengo por costumbre comerla. Ahora bien, la que sirven aquí es distinta de la mantequilla corriente. Tanto por su textura como por su sabor la sitúo más cerca de lo que definiría como queso, en lugar de mantequilla. Y está buenísima. Así que esperas impaciente al siguiente plato porque como tarden mucho más te ves capaz de acabar con las existencias de mantequilla y pan. En ese orden.

Empieza lo bueno.

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Este plato tan vistoso que parece una macedonia debido a la cantidad de colores que tiene se compone de erizo de mar, caviar, kiwi y una salsa con ajo negro. La mezcla es curiosa. El erizo de mar y el caviar tiene un intenso sabor y son los que tienen mayor protagonismo. Lo que uno tal vez no espera es encontrar kiwi para tratar de balancear un poco el plato. Es verdad que su sabor se ve algo atenuado por el resto de ingredientes, pero su textura es bienvenida. Os puedo decir que a mí me gustó.

Segundo pase principal:

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El ingrediente que destaca son una hermosas y carnosas vieiras. Vieiras que, por cierto, en francés, tienen un nombre muy curioso: coquilles Saint-Jacques. Que traducido al castellano vendría a ser algo así como la concha de Santiago. La etimología enmarca su origen en un pasaje que los discípulos del apóstol Santiago presenciaron al llegar a Galicia durante el traslado de su cadáver desde Judea. Desde entonces la concha de vieira está considerada como uno de los iconos de todos los que realizan el camino de Santiago años tras año. ¿Habéis visto que habilidad para unir pasajes históricos, gastronomía e idiomas? ¿Qué me he venido arriba? Probablemente.

El plato en cuestión viene acompañado de mirto (una planta), acedera (otra planta) y trigo sarraceno. El tema de las espumas con las vieiras es una de esas cosas que uno no sabe muy bien cuando se han puesto de moda, y el motivo por el que esto es así. Son ya varios los restaurantes en las que las he encontrado acompañadas de espuma. Imagino que en algún momento de la historia alguien dijo:

- ¡Ya lo tengo! Se me ha ocurrido una idea brillante. Voy a servir una espuma con las vieiras.

A lo que otro inmediatamente añadió:

- ¡Qué gran idea! ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes? Eres un genio maestro (o chef)

El razonamiento es equivalente al que pensó que sería buena idea titular la primera película de Narnia como ‘El león, la puerta y el armario’. Nadie sabe muy bien porqué y sin embargo, aquí estamos, espumas everywhere.

Yo sinceramente no le veo la gracia, porque creo que no aporta mucho. Pero probablemente por eso mismo tampoco molesta, lo cual es una gran noticia porque las vieiras tienen un gran tamaño, y se sirven con una temperatura y textura ideal para poder disfrutar de su carne.

Próximo pase, maravilloso:

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Esto está buenísimo. Bogavante, espaguetis de mar (elaborados a base de algas), acedera y setas de ostra al que posteriormente se le añade un fumé del propio bogavante que ayuda a potenciar su sabor. Las setas (pleurote pomponette en francés, que en realidad son un tipo de hongo) están muy ricas, y los espaguetis vegetales también, con esa textura distinta que tienen las algas con respecto a las plantas terrestres. Podría extenderme más, pero no es necesario, esto hay que probarlo. Muy rico.

Y además, se trata de un pase que se complementa con una de las sorpresas del menú. El chef ha ideado una forma bastante ocurrente de alargar un poquito más la diversión del menú mediante la introducción de un par de detalles inesperados. De esta forma, el pase anterior que contenía el bogavante se ve complementado por uno extra (dcha) en el que se sirve la cabeza cuyo interior ha sido rellenado con una gelatina elaborada a partir del propio crustáceo. Un detalle simpático, sorprendente y que sirve para alargar un poquito el menú. En mi caso, me pareció original y fue bienvenido.

Tiempo del siguiente pase, la carne:

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Aquí tenemos a una pularda acompañada de lechuga romana a la brasa, colmenillas y anchoa. Reconozco que cuando vi el plato pensé que se habían pasado un poco con el punto de la carne, pero me equivoqué. La carne estaba jugosa, muy rica y perfectamente acompañada por el resto de elementos. Es una ración bastante hermosa para ser parte de un menú de degustación, pero tenía bastante hambre así que fue muy bienvenida.

Tras este plato mi cerebro empezó a pensar en el postre, pero el camarero me advirtió que antes del postre me tenía guardada otra sorpresa.

De la misma forma que con el plato anterior, el menú tenía guardado otro pequeño as en la manga. En este caso, en forma de pequeñas delicias de pollo tales como láminas de pollo madurado, los riñones o su corazón. Una vez más, otra sorpresa que, por rica, e inesperada, me volvió a dejar con una sonrisa. Al final cuando visitas sitios como éste, a los que uno va a divertirse, que dediquen parte de su tiempo a cuidar los detalles es bien recibido y son recuerdos que uno se lleva.

Ahora sí, tiempo para el postre ¿o no? Pues no.

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Esta gente sabe que soy débil y realizó una oferta difícil de rechazar. “Disponemos también de una amplia variedad de quesos ¿le gustaría probar alguno?”. Y claro, como para no picar. ¿He dicho ya que soy débil? Por lo que en menos de cinco minutos tenía al camarero frente a mí como un auténtico anfitrión de una reunión de tuppersex con todo lo que su catálogo tenía que ofrecer. ¿La parte difícil? Elegir. Me decanté por variedades de queso de vaca y oveja, todos cremosos. Alguno con toques de queso azul y si no recuerdo mal, uno de ellos había sido elaborado con toques afrutados de cereza. Considero que, si estás en Francia, te gusta el queso y tienes la oportunidad, hay que probarlo. Un acierto.

Ahora sí, los postres.

En primer lugar, un mouse de cítricos acompañado de estragón y calamansi. Para los que no sepan lo que es esto último (como yo), la calamondina o calamansi es una planta de origen filipino cuyo fruto son naranjas pequeñitas y agrias. Un postre ligero, sabroso y muy fresco, como un sorbete hecho por un orfebre. Y por último, le chocolat. Un apartado dulce que concluye con un postre elaborado a partir de chocolate, malta (cereal) y helado de cerveza. Realmente puedes percibir la cerveza en el helado y le va bien al plato, sobre todo combinado con la crema muy espesa de cacao. Un buen punto final para este menú degustación.

Como último broche, una galletita de coco.

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Con esto termina mi visita a Auberge Nicolas Flamel. La experiencia es muy disfrutable que, al final, es de lo que se trata. Un lugar donde se come rico y uno tiene la oportunidad de pasárselo bien a través de las distintas opciones que ofrece el menú. Algunos platos como el bogavante son sobresalientes, los entrantes son divertidos y las raciones muy razonables. El personal es muy amable y además, es un lugar que invita a profundizar en su historia y en la del personaje del que toma prestado su nombre. Un lugar que recomendaría para aquellos que tengan a París como destino de futuras visitas.

¡Un saludo y gracias por pasar!

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